De la calle al cojín

¡Miau…! Soy yo, Mollie. Un día, mientras deambulaba por mi barrio de Andalucía, encontré una puerta que parecía distinta. Maullé suavemente, esperando que alguien dentro se fijara en mí. En lugar de rechazarme, sus habitantes me ofrecieron leche y golosinas. Me pareció una invitación, ¿cómo iba a ignorarla?

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Mis nuevos amigos empezaron a llamarme Mollie. No me importa, sobre todo porque eso conlleva comida, comodidad y una casa llena de cojines y sofás que puedo hacer míos. A veces, incluso me acurruco en la cama. Fingen que les molesta, pero en el fondo sé que les encanta tenerme cerca.

Cuando sale el sol, paso los días en la terraza, vigilando el jardín. Si un conejo se acerca demasiado al césped y me apetece atraparlo, lo llevo a casa de regalo para mis compañeros. Por desgracia, hasta ahora no les ha impresionado mucho, ¡creo que se están perdiendo una de mis mayores habilidades

Un día, las cosas se volvieron un poco locas. Primero, un gato pelirrojo cualquiera empezó a merodear por la casa. Lo cual no era del todo inesperado, teniendo en cuenta la cantidad de gatos callejeros que hay por la zona. Pero, créeme, mis compañeros de piso empezaron a cuidarlo, a acariciarlo y a darle de comer. ¡Incluso le pusieron un nombre y lo trataban como si fuera mío! Le maullé y le bufé, pero no se asustó en absoluto. ¿No basta con un gato? Esta sigue siendo mi casa…Miau…